
Nada más empezar te mataban. Una y otra vez. El juego no te daba ni un respiro, la segunda pantalla era una quimera inalcanzable, y ya estabas a punto de mandar el joystick a paseo. Y entonces, hojeando tu revista de cabecera, aparecía la solución: una columna interminable de números. Líneas y líneas de BASIC llenas de valores que, si las mirabas por encima, parecían el delirio de alguien que llevaba demasiadas horas delante de la pantalla.
Pero ahí estaba. Y tú ibas a teclearlo entero aunque te llevara toda la tarde. La historia de los cargadores de vidas infinitas del C64: código máquina disfrazado de DATA, POKE en memoria y la sensación de que aquello no era trampa. Era una negociación con la máquina. Y esa vez, la máquina había perdido.

